Lea la historia de San Francisco Antonio Fasani
Sacerdote O.F.M. Conv. (1681-1742)
Festejado el 29 de noviembre
Francisco Antonio Fasani, llamado familiarmente “Padre Maestro” por los habitantes de Lucera, nació en Lucera (en la provincia de Foggia), el 6 de agosto de 1681, de humildes y modestos trabajadores: Giuseppe Fasani e Isabella Della Monica. Bautizado el 10 de agosto con los nombres de Donato Antonio Giovanni Nicolò, era llamado por todos, familiarmente, “Giovanniello”.
Cuando era todavía pequeño, su padre murió y su madre Isabella se vio obligada a casarse de nuevo con Francesco Farinacci, que también era un buen cristiano como el difunto Giuseppe. Giovanniello entró muy joven en la Orden de S. Francisco, entre los Menores Conventuales del convento de Lucera y allí brilló por su inocencia de vida, espíritu de penitencia y pobreza, ardor seráfico y celo apostólico, hasta el punto de parecer un “S. Francisco Revivido”.
El 23 de agosto de 1695 ingresó en el noviciado de los Frailes Menores Conventuales de Monte S. Angelo (siempre en la provincia de Foggia), tomó el nombre de Francisco Antonio y el 23 de agosto de 1696 emitió allí su profesión solemne.
El joven fraile Francisco Antonio completó los estudios humanísticos y asistió a los cursos filosóficos en los seminarios de su Provincia religiosa. Posteriormente, inició los cursos de teología en el Estudio de Agnone, allí prosiguió en el Estudio General de Asís junto a la Tumba de S. Francisco, donde recibió la ordenación sacerdotal el 11 de septiembre de 1705; y siempre en Asís asistió también al curso teológico académico hasta 1707.
La práctica de los estudios, llevada a cabo con empeño y con vivo deseo de asimilar el valor salvífico de los misterios de la fe, lo hicieron “profundo en filosofía y docto en teología”, como atestiguará en los Procesos Canónicos Antonio Lucci, Obispo de Bovino, que había sido su condiscípulo y émulo en el ejercicio de las virtudes religiosas. Al mismo tiempo, a través de una intensa formación espiritual, ayudado por iluminados maestros de espíritu, progresaba en la vida de unión con Dios, configurándose al Señor en la consagración religiosa y en el carisma sacerdotal.
Desde 1707 hasta su muerte, durante treinta y cinco años continuos, vivió en Lucera, dando espléndido testimonio de vida evangélica y de celoso ministerio pastoral: por esto fue admirado por los fieles de Lucera, de toda la Daunia y del Molise. En el ámbito de su Orden Franciscana, ocupó cargos de particular responsabilidad. Valiente lector de filosofía escolástica y estimado maestro de jóvenes novicios y profesos, dio un notable impulso a la formación espiritual y doctrinal de los cohermanos.
En 1709 obtuvo el doctorado en teología, y desde entonces el Padre Fasani fue comúnmente llamado con el apelativo de “Padre Maestro”, título que todavía hoy se le atribuye en Lucera. Ejerció con caridad y sabiduría los cargos de superior local y provincial, demostrándose un eficaz animador de la vida religiosa de los cohermanos.
Escribió algunas obritas predicables, entre ellas un Cuaresmal, un Marial, una exposición al Padre Nuestro y al Magníficat, y varios Sermones, algunos de ellos en latín. Su principal intención al predicar era “hacerse entender por todos”, como solía decir en su modestia; su catequesis, típicamente franciscana, estaba dirigida preferentemente al humilde pueblo hacia el cual se sentía particularmente atraído.
Inagotable fue su caridad hacia los pobres y sufrientes; entre las diversas iniciativas, promovió la simpática costumbre de recoger y distribuir paquetes-regalo a los pobres con ocasión de la Santa Navidad. Pero su celo y su caridad sacerdotal brillaron de modo singularísimo en la asistencia a los encarcelados y a los condenados a quienes acompañaba personalmente hasta el lugar del suplicio para confortar sus últimos momentos.
Fue devotísimo de la Inmaculada Concepción: a las almas que él dirigía solía inculcarles los actos de obsequio a la Virgen y la meditación de sus virtudes. Todavía hoy es objeto de particular veneración, en la iglesia de S. Francisco, la hermosa estatua de la Inmaculada que hizo traer de Nápoles; el pueblo todavía canta la canción mariana compuesta por él.
Murió en Lucera el 29 de noviembre de 1742, el primer día de la novena de la Inmaculada.
Después de la muerte, durante más de dos siglos, continuó permaneciendo en la sombra, conocido y amado solo por sus conciudadanos que gozaban, de generación en generación, de su ayuda y de su potente protección.
Fue beatificado por el Venerable Pío XII (Eugenio Pacelli, 1939-1958) el 15 de abril de 1951. El 13 de abril de 1986, dentro de la Basílica de S. Pedro, San Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyła, 1978-2005) canonizó a Francisco Antonio Fasani y, un año después de la canonización, el 25 de mayo de 1987, se dirigió en peregrinación a Puglia y se detuvo en Lucera para venerar el cuerpo del “Padre Maestro”.
Desde 2001, la antigua Iglesia de S. Francisco se ha convertido en el Santuario de S. Francisco Antonio Fasani, donde cada año miles de devotos acuden a los pies del altar para honrar al “Padre Maestro”.
Significado del nombre Francisco: “hombre libre” (antiguo alemán).
Significado del nombre Antonio: “nacido antes” o “que hace frente a sus adversarios” (griego).
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Lea también la página del Municipio de Lucera (FG) con horario de la Santa Misa: https://www.comune.lucera.fg.it/lucera/zf/index.php/servizi-aggiuntivi/index/index/idtesto/73

La vida del P. Francisco Antonio Fasani aparece claramente orientada de modo singular hacia Dios desde la infancia, gracias a la educación cristiana recibida de sus padres, y a la atracción ejercida en su ánimo por la gracia de la vocación religiosa y sacerdotal. Había nacido en Lucera el 6 de agosto de 1681 de Giuseppe Fasani e Isabella Della Monaca, quienes pronto tuvieron la alegría de ver crecer a su Giovanniello – así lo llamaban con el nombre del Bautismo – bien dotado de prometedoras dotes morales e intelectuales. Orientado hacia los estudios en el Convento franciscano de los Frailes Menores Conventuales de Lucera, Giovanniello tuvo una percepción más clara de su vocación a la cual adhirió con generoso entusiasmo. Admitido en la Orden de los Frailes Menores Conventuales, asumió los nombres de los Santos Francisco y Antonio, expresando así su ferviente aspiración a querer seguir su ejemplo, consagrándose a la vida evangélica y apostólica. Habiendo emitido la profesión en 1696, el joven fraile Francisco Antonio completó los estudios humanísticos y asistió a los cursos filosóficos en los seminarios de su Provincia religiosa. Posteriormente, inició los cursos de teología en el Estudio de Agnone, los prosiguió en el Estudio General de Asís junto a la Tumba de S. Francisco, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1705; y siempre en Asís asistió también al Curso teológico académico hasta 1707.
La práctica de los estudios, llevada a cabo con empeño y con vivo deseo de asimilar el valor salvífico de los misterios de la fe, lo hicieron «profundo en filosofía y docto en teología», como atestiguará en los Procesos Canónicos el Ven. Antonio Lucci, Obispo de Bovino, que había sido su condiscípulo y émulo en el ejercicio de las virtudes religiosas. Al mismo tiempo, a través de una intensa formación espiritual ayudada por iluminados maestros de espíritu, progresaba en la vida de unión con Dios, configurándose al Señor en la consagración religiosa y en el carisma sacerdotal.
Desde 1707 hasta su muerte, durante treinta y cinco años continuos, vivió en Lucera, dando espléndido testimonio de vida evangélica y de celoso ministerio pastoral, y por esto fue admirado por los fieles de Lucera, de toda la Daunia y del Molise. En el ámbito de su Orden Franciscana, ocupó cargos de particular responsabilidad. Valiente lector de filosofía escolástica y estimado maestro de jóvenes novicios y profesos, dio un notable impulso a la formación espiritual y doctrinal de los cohermanos. En 1709 obtuvo el doctorado en teología, y desde entonces el Padre Fasani fue comúnmente llamado con el apelativo de «Padre Maestro», título que todavía hoy se le atribuye en Lucera. Ejerció con caridad y sabiduría los cargos de superior local y provincial, demostrándose un eficaz animador de la vida religiosa de los cohermanos.
La vida espiritual del P. Fasani estaba caracterizada por aquellas virtudes que lo hacían similar a su seráfico padre S. Francisco. De hecho, se decía en Lucera: «Quien quiera ver cómo se veía S. Francisco en vida, que venga a ver al Padre Maestro». A imitación de S. Francisco, construyó su vida religiosa sobre la base de una generosa participación en los misterios de Cristo en la práctica fidelísima de los consejos evangélicos que consideraba como expresión radical de perfecta caridad. En sus continuas oraciones, encendido por ardor seráfico, invocaba a Dios llamándolo «supremo Amor, inmenso Amor, eterno Amor, infinito Amor».
Su ferviente devoción a la Inmaculada Madre del Señor se alimentaba de una intensa aplicación a conocer siempre mejor y hacer conocer «quién es María», y junto a esto, a reconocer y hacer reconocer con fe y con amor el papel materno que le fue confiado en la historia de la salvación.
La vida sacerdotal del Padre Francisco Antonio Fasani es un espléndido testimonio de fidelidad y de dedicación a la misión confiada en la Iglesia a todos los presbíteros, quienes tienden, como confirma vigorosamente el Concilio Vaticano II, a promover «con su ministerio y su vida la gloria de Dios Padre en Cristo» (PO, 2). Al ejercicio de esta misión evangélica, el P. Fasani se dedicó con ardor desde la ordenación sacerdotal, hasta tal punto que un testigo pudo aseverar: «No perdonó esfuerzo alguno para salvar las almas». Su ministerio pastoral se revela comprometido con celo en los múltiples campos y formas de apostolado según las exigencias de las Iglesias particulares en las que se sentía inserto.
Particular relieve asume en su vida apostólica el ministerio de la palabra de Dios. Predicaba casi continuamente cursos de misión al pueblo, ejercicios espirituales, cuaresmas y novenas en Lucera y dondequiera que fuese llamado. La tarea de todos los sacerdotes, que es la de «invitar a todos a la conversión y a la santidad» (PO, 4), fue cumplida por el P. Fasani con una forma de predicación basada en la Sagrada Escritura, bien preparada, persuasiva, que tenía el propósito, como recuerda un testigo, «de extirpar los vicios y los pecados, plantar el bien y hacer ejercitar la virtud».
Digno ministro de «Aquel que ininterrumpidamente ejerce su misión sacerdotal en favor nuestro en la Liturgia, por medio del Espíritu» (PO, 5), el P. Fasani se dedicó con todas sus energías a cumplir con celo el sagrado ministerio, especialmente con la administración del Sacramento de la Reconciliación y con la celebración del Sacrificio Eucarístico. «Confesaba a toda clase de personas – asevera un testigo – con suma paciencia e hilaridad de rostro». Con todos se mostraba caritativo y acogedor, justificándose con la esperanza de poder decir un día al Señor: «Fui indulgente, no lo niego, pero Vos me lo habéis enseñado». La Eucaristía constituía el pivote de su vida religiosa, y al mismo tiempo representaba el fin al que ordenaba todo su ministerio sacerdotal. Siempre, de hecho, la Eucaristía ha sido considerada «como fuente y culmen de la evangelización», y siempre los fieles se han sentido «plenamente insertados en el Cuerpo de Cristo por medio de la Eucaristía» (PO, 5). Ferviente ministro de la Eucaristía, el P. Fasani celebraba el Sacrificio de la Misa con un intenso ardor que elevaba y nutría su espíritu y al mismo tiempo edificaba a los participantes; y en la predicación inculcaba en los fieles el amor a la Eucaristía, promoviendo también la Comunión diaria.
Constituían un campo privilegiado de su actividad pastoral los pobres, los enfermos, los encarcelados. Impulsado por este su programa evangélico-caritativo «Es necesario que se haga la caridad», amaba orar con los pobres y por los pobres; cada día distribuía personalmente a los pobres la ayuda caritativa de la comunidad religiosa, y muy a menudo les hacía llegar dones y socorros recogidos por los bienhechores. A veces sus oraciones obtuvieron prodigiosas intervenciones de la divina Providencia en favor de los pobres. Visitaba y confortaba a los enfermos, exhortándolos a buscar en la bondad de Dios motivos de esperanza y de resignación. La cura espiritual de los detenidos, confiada a él por el Obispo de Lucera, le permitía visitar cada día a los encarcelados y exhortarlos a la confianza en el amor misericordioso de Dios; a él le fue confiada la tarea de asistir a los condenados a muerte hasta los momentos extremos.
Los testimonios rendidos en los Procesos canónicos nos aseguran que Dios premió el celo apostólico del P. Fasani con abundantes frutos de conversión y de renovada vida cristiana entre los fieles. Encontraban así plena realización en la vida sacerdotal del P. Francisco Antonio Fasani aquellos valores del sagrado ministerio que el Concilio Vaticano II expresa en estos términos: «Los Presbíteros, ya se dediquen a la oración y a la adoración, ya prediquen la Palabra, ya ofrezcan el Sacrificio Eucarístico y administren los demás Sacramentos, ya desempeñen otros ministerios al servicio de los hombres, siempre contribuyen al aumento de la gloria de Dios y al mismo tiempo a enriquecer a los hombres con la vida divina» (PO, 2).
Cuando en 1742 el P. Fasani fue afectado por la última enfermedad, quiso ofrecerla al Señor, en espíritu de perfecta alegría, con la expresión con la que siempre había ofrecido a Dios las acciones de su vida: «Voluntad de Dios, mi paraíso». El 2 de noviembre del mismo año, el P. Francisco Antonio Fasani, confortado por los santos Sacramentos y la invocada protección de la Inmaculada Virgen María, entregó su alma a Dios, en el Convento de su ciudad natal donde por 35 años se había demostrado fiel testigo de Cristo. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia anexa de S. Francisco después de un rito fúnebre al que había participado toda Lucera al grito de: «¡Ha muerto el santo Padre Maestro!».
La fama de santidad que había rodeado al P. Fasani en vida, tuvo un extraordinario incremento después de la muerte; así que el Obispo de Lucera decidió instruir el Proceso sobre la vida, las virtudes y los milagros del Siervo de Dios ya en 1746. Posteriormente se instruyó el Proceso Apostólico sobre las virtudes, al cual siguió el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes promulgado por el Sumo Pontífice León XIII el 21 de junio de 1891. Su Santidad Pío XII, después de haber aprobado dos milagros atribuidos a la intercesión del Venerable Fasani, lo elevó al honor de los altares el 15 de abril de 1951.
Un nuevo milagro atribuido a la intercesión del Beato fue aprobado por Decreto del 21 de marzo de 1985 por el Santo Padre Juan Pablo II.





