Raffaello Madonna del Granduca

Santa María, Madre de Dios: lee la historia

El año civil se abre con una solemnidad muy querida por todos los cristianos: la que celebra a María como la Santa Madre de Dios y que cae en la octava de la Navidad del Señor, así como en el día de su circuncisión. Es también la primera fiesta mariana que apareció en la Iglesia occidental.

Madre de Dios (en griego Θεοτόκος; en latín Deipara o Dei genetrix) es un título que fue dado a María en el 431 por el Concilio de Éfeso mediante la proclamación de un dogma, y es una consecuencia de la doctrina cristológica afirmada por el concilio.

Según el concilio, Jesucristo, aunque es tanto Dios como hombre —como ya decía anteriormente el concilio de Nicea (325)—, es una única persona. Las dos naturalezas, divina y humana, son inseparables y, por lo tanto, María puede ser legítimamente llamada Madre de Dios. La solemnidad de Santa María, Madre de Dios, es la primera fiesta mariana aparecida en la Iglesia occidental.

El Beato Pablo VI quiso, a partir de 1967, que el 1 de enero se convirtiera también en la Jornada Mundial de la Paz; en esta ocasión, el Sumo Pontífice envía a los Jefes de las Naciones un mensaje que invita a la reflexión sobre el tema de la Paz.

“Mientras decía esto, una mujer alzó la voz de entre la multitud y dijo: ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!’. Pero él dijo: ‘¡Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen!’”. (Lc 11,27-28)

In este pasaje del Evangelio de Lucas, es Jesús mismo quien hace una distinción entre la santidad personal de María y su maternidad divina. María, por lo tanto, sigue siendo una criatura de la cual, gracias a la acción misteriosa del Espíritu Santo, el Verbo se hizo carne.

El dogma de la maternidad divina

La declaración de la verdad de fe que establece a María como Madre de Dios se remonta al Concilio de Éfeso del 431 que, afirmando la doble naturaleza humana y divina de Cristo, en consecuencia sanciona también que María es Madre de Cristo y, por tanto, de Dios.

En la época del Concilio, sin embargo, dado el contexto histórico de las numerosas herejías difundidas precisamente respecto a la naturaleza de Cristo, probablemente se estaba más interesado en establecer un dogma cristológico en lugar de uno mariano.

De aquí se observa, pues, que todas las verdades en honor a María no son ni autónomas ni independientes, sino que dependen todas enteramente de Cristo: su Hijo. La maternidad de María, finalmente, es un don, una gracia que Dios le concede haciéndola, precisamente, “llena de gracia”.

maría madre de dios

Los orígenes de la solemnidad

El “Natale Sanctae Mariae” comienza a celebrarse en Roma en el siglo VI, probablemente al mismo tiempo que la primera dedicación de una iglesia a la Virgen: Santa Maria Antiqua en el Foro Romano.

Se celebra el primero de enero por ser el octavo día después de Navidad, hasta el 931, cuando, con motivo del quinto centenario del Concilio de Éfeso, el Papa Pío XI trasladó la memoria al 11 de octubre precisamente en recuerdo del día en que se celebró el concilio.

Se volvió a celebrar la solemnidad el primero de enero con la reforma litúrgica de 1969. En el rito ambrosiano, además, la recurrencia se fija el último domingo de Adviento; en las tradiciones de rito siriaco y bizantino se celebra el 26 de diciembre; en el rito copto, en cambio, el 16 de enero.

Desde 1967, finalmente, por voluntad de Pablo VI, en correspondencia con esta solemnidad y en el nombre de María se celebra también la Jornada Mundial de la Paz, entendida como el máximo don de Dios al hombre, es decir, la salvación.


La Octava de Navidad coincide con el nuevo año. Dado que los paganos celebraban este día en el libertinaje y con superstición, la Iglesia antigua ayudó a los creyentes a iniciar el año con “espíritu nuevo”: de ahí, días de penitencia y ayunos.

En el 431, durante el Concilio de Éfeso, concluido el 22 de junio, se definió la verdad de fe de la “divina maternidad de María” y así, en 1931, al cumplirse el XV centenario del Concilio, el Papa Pío XI instituyó su fiesta litúrgica, que de todos modos ya encontramos en el siglo VII.

Es un día cargado de significado y de mensajes: la Octava de Navidad, la circuncisión e imposición del Santísimo Nombre de Jesús, y la solemnidad de María, Madre de Dios, sin contar con que también se celebra la Jornada Mundial de la Paz (desde 1968, con Pablo VI).

Los mensajes de este primer día del año son verdaderamente muchos: se nos invita a aprender de la Virgen Madre a “guardar” la Palabra, y a preguntarnos qué querrá decirnos el Señor Jesús a lo largo del transcurrir de los días, sabiendo que estamos bajo el “signo” de la bendición de Dios, como recuerda la primera lectura tomada de Números.

En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

Al cumplirse los ocho días, cuando debían circuncidarlo, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción (Lc 2,16-21).

El nacimiento del Niño de Belén

El texto de Lucas no relata hechos llamativos. El único y central evento que se puede contar ya ha ocurrido, y es el nacimiento de ese Niño que los ángeles anuncian como Salvador y Cristo Señor (Lc 2, 11), y que hemos escuchado en el evangelio de la Misa de la aurora del día de Navidad.

Los Pastores y las periferias del mundo

Las primeras personas a las que se les llevó el anuncio por parte de los ángeles son los pastores, y son ellos mismos los primeros que, “sin demora” (Lc 2,16), corrieron a la gruta para “ver esto que ha sucedido” (Lc 2,15).

Como mencionamos en Navidad, al haber nacido Jesús fuera de Jerusalén, era inevitable que los primeros en acudir fueran los pastores, pero también es cierto que en ellos podemos ver representados a los excluidos, los pecadores, los alejados, hacia quienes Jesús manifestará especial atención, hasta crear tensiones a las que Jesús mismo responderá: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (cfr Mt 9,13; coherente con 1Sam 16,1-13 el llamado de David, que estaba en el pasto).

Al llegar a la gruta vieron al Niño y “contaron lo que se les había dicho” (Lc 2,17).

Una carrera y una alabanza

En la carrera de los pastores hacia la Gruta podemos recordar la carrera de María (Lc 1,39) hacia su prima Isabel, tras el anuncio del ángel, y su canto de júbilo, el Magníficat.

También los pastores, “admirados”, “se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído…” (Lc 2,20; como también, antes que ellos, los tres jóvenes en el horno ardiente, según Daniel 3,24-51).

Casi podríamos decir que los pastores se hacen ángeles, llevando a los demás el anuncio que ellos mismos habían recibido, dado que no pueden guardarlo para sí, como dirá más tarde Juan: “Lo que hemos oído… visto con nuestros ojos, lo que contemplamos… os lo anunciamos también a vosotros”, palabras que resuenan y prolongan las del salmo 19: “El cielo proclama la gloria de Dios…” (cf. 1Jn 1,1-3; cf. Sal 19).

Este anuncio de alegría ha llegado también a nosotros hoy, a través de generaciones de “ángeles” que lo han transmitido de “vida en vida”, porque quien cruza la mirada de Jesús (cf. Mt 4,12-23), quien es seducido por su Amor (Jer 20,7) no puede dejar de llevarlo a los demás…

Un llevar que implica todo uno mismo, toda la propia vida: “Predicad siempre el Evangelio y, si fuera necesario, también con palabras” (Fuentes Franciscanas 43), decía san Francisco de Asís, dando a entender que las palabras son un añadido, lo que cuenta es que la vida hable.

María, la Theotokos

María es Madre de Dios porque es Madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso es quien mejor que nadie puede conducirnos a su Hijo, porque nadie como Ella sabe quién es Jesús y nadie sabe cómo relacionarse con Él mejor que Ella.

María es la Madre, que ante las palabras de los pastores comprende enseguida que ese Niño no es solo “su Hijo”: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” dirá un día Jesús (Lc 8,19-21).

Ella, que lo llevó en su seno durante nueve meses, ahora debe recibirlo cada día, sabiendo ponerse a la escucha de cuantos el Señor le haga encontrar: los pastores, los magos, Simeón y Ana… porque cada uno “revela” algo sobre la identidad de Jesús y sobre su misión.

Oración

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita
.
(la oración mariana más antigua)

De la homilía del Papa Benedicto XVI (Basílica Vaticana, 1 de enero de 2008)

¡Queridos hermanos y hermanas!

Iniciamos hoy un nuevo año y nos toma de la mano la esperanza cristiana; lo iniciamos invocando sobre él la bendición divina e implorando, por intercesión de María, Madre de Dios, el don de la paz: para nuestras familias, para nuestras ciudades, para el mundo entero […]

En la primera Lectura, tomada del Libro de los Números, hemos escuchado la invocación: “El Señor te conceda la paz” (6,26); que el Señor dé paz a cada uno de vosotros, a vuestras familias, al mundo entero.

Todos aspiramos a vivir en paz, pero la paz verdadera, la anunciada por los ángeles en la noche de Navidad, no es una simple conquista del hombre o fruto de acuerdos políticos; es ante todo un don divino que hay que implorar constantemente y, al mismo tiempo, un compromiso que hay que llevar adelante con paciencia permaneciendo siempre dóciles a los mandatos del Señor…

Nuestro pensamiento se dirige ahora naturalmente a la Virgen, a quien hoy invocamos como Madre de Dios. Fue el Papa Pablo VI quien trasladó al primero de enero la fiesta de la Divina Maternidad de María, que antiguamente caía el 11 de octubre.

Antes de la reforma litúrgica que siguió al Concilio Vaticano II, en el primer día del año se celebraba la memoria de la circuncisión de Jesús en el octavo día después de su nacimiento —como signo de la sumisión a la ley, su inserción oficial en el pueblo elegido— y el domingo siguiente se celebraba la fiesta del nombre de Jesús.

De estas celebraciones vemos alguna huella en la página evangélica que ha sido proclamada hace poco, en la que san Lucas refiere que ocho días después del nacimiento el Niño fue circuncidado y se le puso el nombre de Jesús, “el nombre que le había puesto el ángel antes de su concepción” (Lc 2,21). La de hoy, por tanto, además de ser una muy significativa fiesta mariana, conserva también un contenido fuertemente cristológico, porque, podríamos decir, antes que a la Madre, afecta precisamente al Hijo, Jesús verdadero Dios y verdadero Hombre.

Al misterio de la divina maternidad de María, la Theotokos, se refiere el apóstol Pablo en la Carta a los Gálatas. “Al llegar la plenitud de los tiempos, —escribe— Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (4,4). En pocas palabras encontramos sintetizados el mistero de la encarnación del Verbo eterno y la divina maternidad de María: el gran privilegio de la Virgen reside precisamente en ser Madre del Hijo que es Dios. […]

El título de Madre de Dios es el fundamento de todos los demás títulos con los que la Virgen ha sido venerada y continúa siendo invocada de generación en generación, en Oriente y en Occidente. Al misterio de su divina maternidad se refieren tantos himnos y tantas oraciones de la tradición cristiana, como por ejemplo una antífona mariana del tiempo navideño, Alma Redemptoris mater, con la cual rezamos así: “Tu quae genuisti, natura mirante, tuum sanctum Genitorem, Virgo prius ac posterius – Tú que engendraste, ante el asombro de la naturaleza, a tu santo Creador, Virgen antes y después“.

Queridos hermanos y hermanas, contemplemos hoy a María, madre siempre virgen del Hijo unigénito del Padre; aprendamos de Ella a acoger al Niño que para nosotros nació en Belén. Si en el Niño nacido de Ella reconocemos al Hijo eterno de Dios y lo acogemos como nuestro único Salvador, podemos ser llamados y somos realmente hijos de Dios: hijos en el Hijo. Escribe el Apóstol: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gál 4,4).

El evangelista Lucas repite varias veces que la Virgen meditaba silenciosa sobre estos acontecimientos extraordinarios en los que Dios la había involucrado. Lo hemos escuchado también en el breve pasaje evangélico que hoy la liturgia nos propone. “María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). […]

Queridos hermanos y hermanas, solo conservando en el corazón, es decir, uniendo y encontrando una unidad de todo lo que vivimos, podemos adentrarnos, siguiendo a María, en el misterio de un Dios que por amor se hizo hombre y nos llama a seguirlo por el camino del amor; amor que debe traducirse cada día en un servicio generoso a los hermanos.

Que el nuevo año, que hoy iniciamos confiados, sea un tiempo en el que avanzar en ese conocimiento del corazón, que es la sabiduría de los santos. Oramos para que, como hemos escuchado en la primera Lectura, el Señor “haga brillar su rostro” sobre nosotros, nos “sea propicio” (cf. Nm 6,24-27), y nos bendiga. Podemos estar seguros: si no nos cansamos de buscar su rostro, si no cedemos a la tentación del desaliento y de la duda, si a pesar de las muchas dificultades que encontramos permanecemos siempre anclados en Él, experimentaremos la potencia de su amor y de su misericordia.

Que el frágil Niño que la Virgen hoy muestra al mundo nos haga constructores de paz, testigos de Él, Príncipe de la paz. ¡Amén! © Copyright 2008 – Libreria Editrice Vaticana

Para leer la Homilía completa: >>> Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

pax ET bonum

Rafael Madonna del Granduca: Santa María Madre de Dios
Rafael, Madonna del Granduca

fuentes © Vatican News – Libreria Editrice Vaticana

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