Martes de la II Semana de Adviento
- S. Juan Diego Cuauhtlatoatzin vidente (1474-1548)
- S. Víctor de Piacenza 1er obispo (ca. 300 – ca. 375)
- Santo del día
Primera Lectura
Dios consuela a su pueblo.
Del libro del profeta Isaías
Is 40,1-11
«Consolad, consolad a mi pueblo
– dice vuestro Dios –.
Hablad al corazón de Jerusalén
y gritadle que su tribulación ha terminado,
que su culpa ha sido expiada,
porque ha recibido de la mano del Señor
el doble por todos sus pecados».
Una voz grita:
«En el desierto preparad el camino al Señor,
allanad en la estepa la calzada para nuestro Dios.
Que todo valle sea elevado,
y bajen todo monte y colina;
que lo escabroso se iguale
y lo abrupto se allane.
Entonces se revelará la gloria del Señor,
y la verá toda criatura a la vez,
porque ha hablado la boca del Señor».
Una voz dice: «Grita»,
y yo respondo: «¿Qué he de gritar?».
Toda carne es como hierba
y toda su gracia como flor del campo.
Se seca la hierba, se marchita la flor
cuando sopla sobre ellas el viento del Señor.
Verdaderamente el pueblo es hierba.
Se seca la hierba, se marchita la flor,
pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.
Súbete a un monte alto,
tú que anuncias alegres noticias a Sion.
Alza tu voz con fuerza,
tú que anuncias alegres noticias a Jerusalén.
Alza la voz, no temas;
anuncia a las ciudades de Judá: «¡Aquí está vuestro Dios!
Mirad, el Señor Dios viene con poder,
su brazo ejerce el dominio.
Mirad, trae con él el premio
y su recompensa le precede.
Como un pastor pastorea su rebaño,
y con su brazo lo reúne;
lleva a los corderitos en el pecho
y guía suavemente a las ovejas madres».
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Del Sal 95 (96)
R. He aquí, nuestro Dios viene con poder.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, hombres de toda la tierra.
Cantad al Señor, bendecid su nombre,
anunciad día tras día su salvación. R.
Narrad entre las naciones su gloria,
a todos los pueblos decid sus maravillas.
Decid entre las naciones: «¡El Señor reina!».
Él juzga a los pueblos con rectitud. R.
Alégrense los cielos, exulte la tierra,
resuene el mar y cuanto contiene;
esté de fiesta el campo y cuanto hay en él,
aclamen todos los árboles del bosque. R.
Exulten delante del Señor, que ya viene:
sí, él viene a juzgar la tierra;
juzgará al mundo con justicia
y a los pueblos con su fidelidad. R.
Aclamación al Evangelio
Aleluya, aleluya.
El día del Señor está cerca:
él viene a salvarnos.
Aleluya.
El Evangelio del día 9 de diciembre de 2025
Dios no quiere que los pequeños se pierdan.
Del Evangelio según san Mateo
Mt 18,12-14
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se extravía, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes e irá a buscar la que se ha extraviado?
En verdad os digo: si logra encontrarla, se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Así es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que ni uno solo de estos pequeños se pierda».
Palabra del Señor.
San Ambrosio (c. 340-397)
obispo de Milán y doctor de la Iglesia
Comentario al Salmo 118, 22, 27-30 ; CSEL 62, 502-504 (trad. cb@evangelizo)
« Vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños »
Ven, Señor Jesús, a buscar a tu siervo; busca a tu oveja fatigada; ven, pastor… Mientras te detienes en los montes, tu oveja está errante: levántate, deja a las otras noventa y nueve que también son tuyas, y ven a buscar a la única que se ha extraviado. Ven, sin hacerte ayudar, sin hacerte anunciar; ahora, eres tú a quien yo espero. No tomes el látigo. Toma tu amor; ven con la dulzura de tu Espíritu. No dudes en dejar a tus noventa y nueve ovejas en los montes. A las cimas donde las has puesto, los lobos no tienen acceso… Ven a mí, que me he extraviado lejos de los rebaños de allí arriba, donde me habías puesto también a mí, pero los lobos de la noche me han hecho abandonar tus apriscos. ¡Búscame, Señor, porque mi oración te busca! ¡Búscame, encuéntrame, levántame, llévame! Lo que buscas, puedes encontrarlo; lo que encuentras, dígnate levantarlo; y lo que levantas, ponlo sobre tus hombros. No te cansa esta piadosa carga, no te es un peso llevar a aquel que has justificado. Levántate, ven Señor, porque aunque es cierto que estoy errando, «no he olvidado tu palabra» (cf. Sal 119/118), y alimento la esperanza de ser sanado. Ven, Señor, tú eres el único que puede todavía llamar a tu oveja perdida; a las otras que habrás dejado, no les causarás ninguna tristeza. También ellas se alegrarán al ver volver al pecador. Ven, y habrá salvación en la tierra, y habrá gozo en el cielo (Lc 15, 7). No envíes a tus siervos, no envíes mercenarios, ven tú, a buscar a tu oveja. Levántame en esta carne que, con Adán, ha caído. Con este gesto, reconóceme no como un hijo de Eva, sino como el hijo de María, virgen pura, virgen por gracia, sin ninguna sospecha de pecado. Luego, llévame hasta tu cruz. Ella es la salvación de los errantes, el único descanso de los fatigados, la única vida de todos los que mueren.
LAS PALABRAS DE LOS PAPAS
La humanidad – todos nosotros – es la oveja extraviada que, en el desierto, ya no encuentra el camino. El Hijo de Dios no tolera esto; Él no puede abandonar a la humanidad en una condición tan miserable. Se levanta, abandona la gloria del cielo, para reencontrar a la ovejita y perseguirla, hasta la cruz. La carga sobre sus hombros, lleva nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos. Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. (…). La santa inquietud de Cristo debe animar al pastor: para él no es indiferente que tantas personas vivan en el desierto. Y hay tantas formas de desierto. Está el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed, está el desierto del abandono, de la soledad, del amor destruido. Está el desierto de la oscuridad de Dios, del vaciamiento de las almas sin más conciencia de la dignidad y del camino del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque los desiertos interiores se han vuelto tan amplios. (…). La Iglesia en su conjunto, y los Pastores en ella, como Cristo deben ponerse en camino, para guiar a los hombres fuera del desierto, hacia el lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, la vida en plenitud. (Benedicto XVI – Misa de inicio de pontificado, 24 de abril de 2005)





