Miércoles de la II semana de Adviento
- B. Antón Durcovici obispo en Moldavia, mártir (1888-1951)
- B. Marco Antonio Durando pbro. y fundador (1801-1880)
- Santo del día
Hoy la Iglesia celebra a la Santísima Virgen María de Loreto
Primera Lectura
El Señor da fuerzas al cansado.
Del libro del profeta Isaías
Is 40,25-31
«¿A quién me compararéis,
para que yo le sea comparable?» dice el Santo.
Levanten en alto sus ojos y miren:
¿quién ha creado tales cosas?
Él hace salir su ejército en número exacto
y las llama a todas por su nombre;
por su onipotencia y el vigor de su fuerza
no falta ninguna.
¿Por qué dices, Jacob,
y tú, Israel, repites:
«Mi camino está oculto al Señor
y mi derecho es descuidado por mi Dios»?
¿No lo sabes acaso?
¿No lo has oído?
Dios eterno es el Señor,
que ha creado los confines de la tierra.
Él no se fatiga ni se cansa,
su inteligencia es inescrutable.
Él da fuerza al cansado
y multiplica el vigor al desfallecido.
También los jóvenes se fatigan y se cansan,
los adultos tropiezan y caen;
pero cuantos esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,
ponen alas como las águilas,
corren sin fatigarse,
caminan sin cansarse.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Del Sal 102 (103)
R. Bendice al Señor, alma mía.
Bendice al Señor, alma mía,
cuanto hay en mí bendiga su santo nombre.
Bendice al Señor, alma mía,
no olvides ninguno de sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas,
sana todas tus dolencias,
rescata tu vida del abismo,
te corona de bondad y de misericordia. R.
Misericordioso y clemente es el Señor,
lento a la ira y grande en el amor.
No nos trata según nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.
Aclamación al Evangelio
Aleluya, aleluya.
He aquí, viene el Señor a salvar a su pueblo:
bienaventurados los que están preparados para el encuentro.
Aleluya.
El Evangelio del día 10 de diciembre de 2025
Vengan a mí, todos los que están cansados.
Del Evangelio según Mateo
Mt 11,28-30
En aquel tiempo, Jesús dijo:
«Vengan a mí, todos los que están cansados y oprimidos, y yo les daré descanso. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».
Palabra del Señor.
San Juan Clímaco (ca 575-ca 650)
monje en el Monte Sinaí
La Escalera santa, peldaño 24
«Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón»
La luz del amanecer precede al sol, y la dulzura es la que precede a toda humildad. Escuchemos, pues, a la Luz decirnos en qué orden las ha dispuesto: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Antes de contemplar el sol, debemos ser iluminados por el amanecer; entonces podremos sostener la vista del sol. Porque es imposible, absolutamente imposible, mirar el sol antes de haber conocido esa luz, como nos enseña el lugar de cada una de las dos virtudes en la palabra del Señor. La mansedumbre es un estado inmutable del intelecto, que permanece siempre el mismo en los honores como en las humillaciones. La mansedumbre es, cuando somos atormentados por el prójimo, orar por él sin mirar su comportamiento y sinceramente. La mansedumbre es una roca que domina el mar de la irascibilidad, y sobre la cual se estrellan todas las olas que se deshacen en él sin que jamás la hagan temblar. La mansedumbre es el apoyo de la paciencia, la puerta, o más bien el mar de la caridad, el fundamento de la discreción; de hecho está escrito: «El Señor enseñará su camino a los mansos» (Sal 24, 9 LXX). Ella procura el perdón de los pecados, da confianza en la oración, es la morada del Espíritu Santo: «¿Sobre quién volveré mi mirada, sino sobre el que es manso y pacífico?» (Is 66,2 LXX) La mansedumbre es la colaboradora de la obediencia, la guía de la comunidad fraterna, el freno del que se enfurece, el obstáculo del colérico, una fuente de alegría, la imitación de Cristo, una cualidad propia de los ángeles, el estorbo del demonio, un escudo contra la amargura. En los corazones mansos el Señor reposa; por el contrario, el alma agitada es sede del demonio. Sobre el humilde y sobre el que tiene el espíritu contrito y sobre el que tiembla ante mi palabra.
LAS PALABRAS DE LOS PAPAS
Jesús promete dar descanso a todos, pero también nos hace una invitación, que es como un mandamiento: «Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). ¿En qué consiste el «yugo» del Señor? Consiste en cargar con el peso de los demás con amor fraterno. Una vez recibido el descanso y el consuelo de Cristo, somos llamados a su vez a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro. La mansedumbre y la humildad de corazón nos ayudan no solo a hacernos cargo del peso de los demás, sino también a no pesar sobre ellos con nuestras visiones personales, nuestros juicios, nuestras críticas o nuestra indiferencia. (Papa Francisco – Ángelus, 6 de julio de 2014)





