Vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas.
Del santo Evangelio según san Lucas
Lc 21,1-4
En aquel tiempo, levantando la vista, Jesús vio a unos ricos que echaban sus ofrendas en el arca del Tesoro.
Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos estos han echado como ofrenda de lo que les sobraba, esta en cambio, en su miseria, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Palabra del Señor.
Lo esencial compartido
Luigi Maria Epicoco

“Levantando la vista, vio a unos ricos que echaban sus ofrendas en el arca del Tesoro. Vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas”.
Hay gestos que exteriormente son similares, pero cuando excavas en su historia, en las intenciones, en el corazón, te das cuenta de que son radicalmente diferentes. Jesús tiene la capacidad de ver exactamente las intenciones del corazón, y esto nos desnuda tanto que nos obliga a rendir cuentas con la autenticidad. Esta es una especie de reconciliación entre el interior y el exterior de nuestra vida. Entre lo que hacemos y el porqué de fondo por lo que lo hacemos. Porque Jesús tiene razón cuando dice que los ricos han puesto en las ofrendas lo que les sobraba, mientras que esa pobre viuda
“en su miseria ha dado todo lo que tenía para vivir”.
De hecho, ya es muy loable ver que el egoísmo de una persona retrocede al menos en el intento de no retener para sí lo demás, lo superfluo, y de ofrecerlo en su lugar. Pero no basta una medida políticamente correcta para hacernos verdaderamente diferentes, nuevos. La novedad traída por Jesús contempla más el gesto de esta mujer que el de los ricos, porque es la puesta en juego no de lo que sobra, sino de lo que para nosotros es esencial. Es la capacidad de saber dar lo que nos sirve para vivir y no algún retal. De hecho, es solo cuando pones en juego lo que es más precioso, lo que más te importa, que se comprende cuánto te importa efectivamente algo o alguien. Una madre no se comería el mejor trozo de pan dejando a sus hijos solo el pan sobrante, el que no come porque ya está saciada. Ella haría exactamente lo contrario. Y no importa si ese pan es poco, porque ese poco de pan dado así lo vale todo. Pienso a menudo que al final de nuestra vida, cuando nos presentemos ante el Señor, no encontraremos las cantidades de las cosas hechas, sino solo su calidad. En la eternidad reencontraremos solo todo lo esencial compartido, y entonces entenderemos por qué era mejor la pobreza, porque para un pobre cada cosa es esencial.
Escuchemos juntos





